Escritores en la pandemia olvidada

por | Oct 9, 2021

En Independencia, su novela más reciente, Javier Cercas sitúa el argumento en 2025, proyectando los conflictos generados por el separatismo catalán sobre una realidad en la que, curiosamente, poco se dice de la actual pandemia. Consultado acerca de la omisión, Cercas se remitió a otra ausencia desconcertante de hace un siglo. Recordó que tampoco la pandemia de gripe de 1918-1920 dejó un eco perceptible en la literatura posterior: ninguna novela relevante trata aquella enfermedad, y su paso devastador -causó entre veinte y cien millones de muertos- no se encarnó en un personaje memorable, ni dio con el escritor que lo retratara para siempre en una obra inmortal.

Esto es cierto aunque hubo excepciones. Sabido es que la estadounidense Katherine Ann Porter dedicó a la mal llamada “gripe española” una conmovedora novela corta de trama autobiográfica, Pale Horse, Pale Rider (1939), que tiene como protagonista a una joven periodista que se contagia y queda al borde de la muerte. Y Thomas Wolfe, el menos recordado de los escritores de la “generación perdida”, incluyó en El ángel que nos mira (1929) un retrato ficcional de la muerte de su hermano a causa del mismo azote. No hay mucho más, sin olvidar la fugaz mención de las posibles secuelas cardíacas de la “influenza” que aparece en las primeras páginas de Mrs. Dalloway (1925), de Virginia Woolf.

La propia Woolf, justamente, se había anticipado a la constatación de Cercas en un ensayo de 1926, On Being Ill. En esas pocas páginas manifestaba su asombro de que la enfermedad, cualquier enfermedad, “no tuviera un lugar entre los temas principales de la literatura”. “Hubiéramos pensado que se habrían dedicado novelas a la influenza; poemas épicos a la tifoidea; odas a la neumonía; lírica al dolor de muelas. Pero no”, advertía Woolf antes de señalar que la literatura parecía empeñada en ocuparse de la mente, mientras descuidaba el cuerpo “salvo por una o dos pasiones como el deseo y la codicia”.

TESTIMONIOS

Si la gripe de hace un siglo no dio grandes frutos literarios, al menos sabemos que pasó por la vida de innumerables escritores que dejaron un registro de ella en diarios, cartas, memorias o autobiografías. Hecho comprobado que ahonda el misterio de por qué aquella experiencia, muchas veces traumática, no encontró una expresión artística acorde.

Algunos ejemplos son ilustrativos entre una lista inabarcable. Woolf se contagió en lo que fue el anticipo de la primera ola de la epidemia (estuvo ocho días en cama en febrero de 1918) y volvió a enfermarse en la presunta tercera ola (otros ocho días de reposo en diciembre de 1919). Entre una y otra fecha, su actitud fue algo displicente. El 2 de julio de 1918 anotaba en su diario: “La influenza, que arrecia por todos lados, ha llegado al lado” (había habido un muerto y un funeral entre los vecinos). En octubre de 1918 se permitía incluso cierta ironía al señalar que el diario The Times alertaba que el Reino Unido se encontraba en medio de una plaga sin parangón desde la Peste Negra.

VIDA NORMAL

Mientras tanto, la vida del matrimonio Woolf seguía su curso normal en Hogarth House, su casa de Richmond, a media hora en tren del centro de Londres. Hacían reuniones sociales, iban a conciertos, comercios, bibliotecas, viajaban en transportes públicos y salían sin ninguna restricción a dar frecuentes caminatas por los alrededores. En el diario de Woolf los temas dominantes eran el chismorreo con familiares y conocidos (una pasión de la escritora), la inseguridad frente a sus primeras novelas, las copiosas lecturas para redactar reseñas y el final de la guerra en Europa. Casi nada de la peste.

La displicencia no era exclusividad de Woolf. “Caí como todos, pero me salvó el doctor Max Nordau”, evocó Ramón Gómez de la Serna en Automoribundia. El médico había llegado a Madrid expulsado de Francia por alemán -era de origen judío- y había perdido a una hija en París a causa de la gripe. En 1918 Gómez de la Serna le oyó decir que si hubiera estado con ella la habría salvado. ¿Y cuál habría sido la receta?, quiso saber el escritor que entonces tenía 30 años. “Le hubiera puesto unas inyecciones de agua con azúcar y con eso hubiera sido suficiente”, respondió Nordau.
Gómez de la Serna retuvo el dato y cuando se contagió pidió al médico que le extendiera esa misma receta. “Fue milagroso -recordaba-. Mi gripe desapareció y mi tos se desvaneció en el país de las carracas”.

Otros casos fueron más crudos. Recién llegado de las trincheras, el joven capitán Robert Graves (tenía 23 años) perdió a su suegra en julio de 1918. El mismo se contagió en febrero de 1919 cuando estaba asignado con su unidad en Limerick, Irlanda. Pidió acelerar su desmovilización y casi que se escapó del cuartel para regresar a Inglaterra, ya enfermo. Al llegar a su casa contagió a todos sus moradores. (“Era una nueva epidemia, tan mala como la del verano” boreal, escribió en Adiós a todo eso, su autobiografía incompleta). El cuadro se complicó luego con una neumonía séptica. “Pero habiendo superado la guerra, me negaba a morir de influenza”. Y no murió.

La experiencia de la estadounidense Mary McCarthy fue estremecedora. A los seis años, en noviembre de 1918, la gripe le arrebató a sus padres con un día diferencia durante un viaje de Seattle a Minneapolis. Mary también se contagió y pudo recuperarse rápido. Lo curioso es que apenas trata el tema en sus Recuerdos de una infancia católica (1957).

El sociólogo Max Weber fue una de las víctimas más ilustres de la pandemia (murió el 14 de junio de 1920 a los 56 años), y cerca estuvo Franz Kafka de sucumbir. El escritor checo, que parecía sanado de la tuberculosis que lo persiguió toda la vida, presentó los primeros síntomas el 14 de octubre de 1918. Estuvo aislado durante un mes en la casa familiar (de por sí una experiencia incómoda para el autor de La metamorfosis) y atravesó una neumonía con fiebre de hasta 42 grados. “Sólo hubo un verdadero consuelo: no había contagiado a nadie. Y eso era en sí mismo un pequeño milagro”, escribió el biógrafo Reiner Stach. Ni siquiera contagió a su gran amigo, Max Brod, que de todos modos se enfermó.

Martin Buber detectó los síntomas típicos y por unos meses tomó distancia de las tareas en el movimiento sionista. Colette perdió a una de sus amigas más queridas a causa de la afección. André Maurois, oficial de enlace francés en Inglaterra, atravesó la “famosa gripe española” pasado el armisticio.

“Estoy muy abatido pero en realidad no sufro nada”, le comentó a un médico inglés. “Ya he visto -repuso el hombre- más de un caso como el suyo, en el que el enfermo que no sufría se moría al día siguiente”. Maurois, de 33 años, sobrevivió tras una larga convalecencia.

En Londres, el poeta y director en el Banco Lloyds, T.S. Eliot, experimentó en noviembre de 1918 un “leve ataque de lo que pienso debe haber sido influenza, ya que me dejó muy débil después”, contó por carta a su madre. Cuando se recuperó, se contagió su esposa Vivien, de un amigo, y estuvo una semana en cama. “Lo peor -agregaba el estadounidense expatriado- es que le afectó tanto los nervios que casi no puede dormir”.

ESTRAGOS

La enfermedad (“Como hay tanta gripe, han tenido que cerrar la universidad”) asomaba ya en la primera línea de El cuaderno gris, el dietario que el catalán Josep Pla llevó entre 1918 y 1920 mientras estudiaba derecho en Barcelona, y que sólo publicó en 1966, después de intensas reescrituras.
El 18 de octubre de 1918 Pla comentaba que el virus hacía “terribles estragos” al punto de que su familia se dividía para ir a los entierros. Pero la vida no se había detenido: el aspirante a escritor seguía asistiendo a tertulias, veraneaba en la costa, iba a misa, al cine, incluso a algún baile. El contagio le llegó a comienzos de 1919. Lo registró el 24 de febrero: “Lunes. He pasado todo el día de ayer y una parte del de hoy en la cama, con la gripe. He sudado como un caballo. Treinta y seis horas seguidas. Me levanto pálido y deshecho. Por un lado me parece que me hubiera podido morir y que me he librado por los pelos. Cuando constato que, a pesar de la fatiga, me puedo levantar, pienso que quizá ha sido una gripe benigna”. Dos días después festejaba la recuperación del olfato: “me encanta el olor del buen tabaco, del tabaco de La Habana, que uno puede reconocer en muchos sitios de Barcelona”. Lo peor había pasado.

Los dramas familiares eran comunes. En La lengua absuelta (1977) el búlgaro Elías Canetti evocó cómo la enfermedad había cambiado a su madre. Ella sufrió la epidemia del invierno de 1918-19 en Zurich, Suiza, igual que el futuro autor (tenía 13 años) y “el resto de nuestros conocidos, compañeros de escuela, profesores y amigos”, por eso “no vimos nada especial en que ella también enfermase”. Pero su caso fue diferente. “Tal vez le faltaban cuidados apropiados, tal vez se levantara antes de tiempo; el hecho es que hubo complicaciones y tuvo una trombosis -recordaba Canetti-. Fue ingresada en un hospital donde permaneció algunas semanas y cuando regresó a casa ya no era la misma”.

Tampoco se libró la familia de Sigmund Freud, en Viena. Primero se contagió Martha, la esposa del creador del psicoanálisis, a mediados de mayo 1919: tuvo neumonía y sólo a principios de julio pudo recuperarse plenamente. A comienzos de 1920 se enfermó su querida hija Sophie, que murió de influenza también complicada por una neumonía. La joven de 26 años dejó dos hijos y estaba embarazada de un tercero.

Desde entonces los biógrafos han conjeturado el efecto de esa tragedia en la obra de Freud. Es tentador, apuntó uno de ellos, Peter Gay, interpretar el tardío énfasis de Freud en la agresión y la muerte, en especial a partir de Más allá del principio del placer (1920), como una respuesta a la pena que le provocó esa pérdida, entre otras desgracias. Freud siempre negó esa relación, aunque Gay recordó que el concepto de “pulsión de muerte” apareció por primera vez en su correspondencia una semana después de la muerte de su adorada Sophie. “Es un recordatorio conmovedor de cuán profundamente lo había perturbado la pérdida de su hija”, destacó el biógrafo.

LOS JOVENES

Los más jóvenes eran los más vulnerables a la plaga en medio de una guerra que agonizaba. En Buenos Aires, por ejemplo, la niña Silvina Bullrich padeció una bronconeumonía que al publicar sus memorias en 1980 se mezclaba con el recuerdo de la gripe española que sí había castigado una casa vecina donde habían muerto un hombre y dos hijos.

El norteamericano John Dos Passos (tenía 22 años) sobrevivió a un brote en el buque que lo llevaba a Europa a fines de 1918 junto con otros voluntarios de una sección de ambulancias militares. “Había muertos todos los días”, estampó en Años inolvidables (1966). Al arribar a Inglaterra la epidemia alcanzó la compañía donde revistaba Dos Passos. “Llegué el convencimiento de que quien iba al hospital no volvía…Yo estaba decidido a no ir al hospital”. Al notar los primeros síntomas compró una botella de ron a un proxeneta de la zona del campamento. “Siempre he creído que aquella botella me salvó la vida -escribió-…En el vapor, mientras cruzábamos el canal, la fiebre me tenía aturdido, pero al desembarcar en Havre, donde nos alojamos en un gélido cuartel francés con suelos de adoquines, me sentí enflaquecido y débil, pero completamente restablecido”.

Otro chofer de ambulancias de 19 años, Ernest Hemingway, evadió el contagio aunque la gripe alteró su vida. Ocurrió en el norte de Italia, mientras se recuperaba de la grave herida que había sufrido en el frente austríaco. Una de las enfermeras que lo atendía, la encantadora Agnes von Kurowsky, profundizó los cuidados hasta enamorar al paciente y suscitar la esperanza de un noviazgo futuro. Pero justo en ese momento estalló la epidemia en otro sector del frente, y Agnes partió hacia allí junto con algunas compañeras. El alejamiento duró varios meses y enfrió el primer gran amor de Hemingway, un desencuentro que tuvo resonancias literarias: su historia es la que inspiró Adiós a las armas (1929).

En Toronto, Canadá, la epidemia diezmó al comando de la Real Fuerza Aérea inglesa, pero no tocó al cadete William Faulkner, alistado en sus filas. También el soldado británico C.S. Lewis, de 20 años, escapó al virus; en su caso, según testimonian las cartas que enviaba a su familia, gracias a las precarias vacunas que tempranamente les inyectaron a las tropas llegadas del continente. Robert Frost no tuvo tanta suerte. El poeta estadounidense, un hombre ya maduro, estaba tan flaco luego del contagio que los huesos le resultaban una dolorosa molestia. “No sé si tengo la fuerza suficiente para escribir una carta”, confesó antes de que el mal remitiera.

Hacia 1920 el flagelo se retiró. La guerra también había terminado y la paz nacía asediada por revoluciones y trastornos sociales y culturales. “Media Europa cae, como un edificio que se hunde. Rusia, Austria, Alemania…”, apuntó Pla en su dietario. El malestar ya no sólo era médico. Había algo más bajo la superficie. “Puede discutirse si alguna vez hubo tan extendida conciencia de la enfermedad como hoy en día -observó en 1923 el filósofo John Dewey-. El interés por las curas y la sanación es indicio de lo enfermo que está el mundo”.

Una emergencia silenciada

La pandemia de 1918-1920 no fue una emergencia admitida. Con excepción de España, país neutral, la amenaza fue en gran medida censurada o relegada a un segundo plano por los gobiernos en guerra hasta que fue demasiado tarde. El vasto conflicto europeo y sus secuelas inciertas eran los temas dominantes del debate público. A diferencia de lo que sucede hoy con el coronavirus, si hubo pánico, no fue promovido por políticos ni periodistas.

“Hoy resulta extraño que en muchos periódicos la mortandad masiva sólo apareciera en la tercera página -escribió Reiner Stach en el segundo tomo de su monumental biografía de Franz Kafka-, parece incomprensible que no se decretara de inmediato la obligación de notificar la enfermedad, inconcebible que un ministro de Sanidad austríaco creyera poder calmar a la población con la promesa de tres toneladas de aspirina. Pero ¿qué otra cosa iba a decir? La gripe era terrible, sin duda, pero quizá la semana siguiente ya todo estuviera superado.”

Por otro lado, las muertes por la enfermedad eran tan comunes que, en un contexto de guerra mundial, crisis económica y agitación social, terminaron por embotar la sensibilidad colectiva.

“La gripe continúa matando implacablemente a la gente”, escribía en octubre de 1918 el catalán Josep Pla en El cuaderno gris. “Esto, sin duda, hace que empiece a sentir una mengua de emoción ante la muerte -que sentimientos reales y auténticos se me transformen en una especie de rutina administrativa- (…) Aunque sólo fuese por esta razón, convendría que este escándalo de la patología tuviese fin -que la gripe no matase a nadie más.”

Al mismo tiempo, la muerte seguía siendo ajena. “Cada día pasa ante nuestros ojos algún entierro -registraba Pla en julio de 1918-. Nos parece natural. Es decir: nos parece natural que los otros se mueran; absurdo que, personalmente, la muerte nos golpee”. Era el descubrimiento de una antigua ceguera humana, tan común ayer como hoy.

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