La agonía de Quevedo

por | Sep 24, 2021

Nadie sabe, a ciencia cierta, como serán nuestros minutos finales. Puede ser abrupto o un proceso lento, de creciente debilidad. Muchas veces la vida se escapa entre sueños o en las penumbras de la inconsciencia. Otras veces, no quedan testimonios de ese ocaso solitario y final.
Pues, Francisco Quevedo dejó consignada en cartas y poemas sus últimos años de vida y el quebranto creciente de su salud atormentado por fiebres y decadencia física. Con perfecta lucidez, le describió a sus amigos los estragos de su enfermedad lenta y dolorosa, cuya identidad permanecía esquiva para los médicos de la época, ocultando su ignorancia bajo pomposas frases latinas que a nada curaban. Sin embargo, y a diferencia de Felipe IV y el Conde-duque de Olivares, el cuerpo del poeta no fue sometido a una autopsia, razón por la cual algunos datos sobre su deceso quedan en el campo de la especulación.
A lo largo de los últimos cinco años de su vida (de 1640 a 1645) va revelando los pasos dolorosos de su último tránsito, envuelto de tantas penas como esperanzas. Atrás había quedado la enemistad literaria con Góngora, acusándose mutuamente con bajezas e insultos. Uno era un sacerdote indigno entregado a las barajas e indecencia, y el otro era un borracho (“Quebebo” lo llamaba), contrahecho y mal helenista.
En su agonía, apenas era un grato recuerdo el viaje a Italia con el duque de Osuna, cuando debió recurrir a sobornos (un trámite habitual en el Imperio… y en todas partes) para lograr que éste sea nombrado virrey de Nápoles.
En esta ciudad, Quevedo logró el reconocimiento de autores, intelectuales, hombres de letras y diplomáticos que dieron prestigio a sus letras y colmaron su pecho con el Hábito de Santiago. Una distinción que siempre lució con orgullo .
En Madrid frecuentó a Juan de Mariana, cura y economista que proponía la pena de muerte al monarca que “envileciese la moneda” (léase estimular el proceso inflacionario), al poeta y guerrero Lope de Vega, y al mismísimo Miguel de Cervantes, vuelto de sus años de esclavitud. Si en sueños finales recordaba a sus amigos, también le dedicó memorias a los muchos enemigos que supo crearse por sus escritos mordaces y por llevar su mano a la empuñadura de la espada con más frecuencia de la que se esperaba de un hombre de letras, pero los caminos de la política y el honor, que no siempre van juntos, se entreveraban en este hombre de grandes anteojos, que terminaron siendo sinónimo del poeta.
Lope de Vega, que no se quedaba a la zaga de su amigo en notas de agravio y lances amorosos y de amor, alabaría su pluma punzante como “la más satírica y venenosa”, título que honraba a Quevedo. Visitaba el poeta sarcástico tabernas y lupanares, academias y políticos, cosechando halagos y libelos difamatorios como ese que lo tildaba de “maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías y bachiller en suciedades”.
Tantas enemistades culminaron en un inmerecido encierro en el convento de San Marcos de León. Allí los fríos del riguroso invierno minaron su salud, de por sí minada por una vida de excesos. La pérdida de la salud mutó su pluma de satírica a piadosa. Viendo acercarse las parcas, escribió sobre la vida de San Pablo Apóstol y se retiró a la Torre de Juan Abad, donde describió sus días finales a sus amigos. En Villanueva de los Infantes pasó sus últimos momentos por fiebres tercianas, el paludismo o la malaria, que probablemente se hayan agravado durante su cautiverio. De allí estos largos años de desasosiego envuelto en fiebres y sudores. “La última hora, negra y fría se acerca, de temor y sombras llena”.
Cuentan que le preguntó al médico cuánto tiempo le quedaba para vivir y éste, impiadoso, replicó “ni tres horas”. Entonces el poeta sarcástico, el hombre que había cultivado la ironía en sus escritos, respondió a la propuesta de un amigo que le aconsejaba dejar dinero para pagar a los músicos que habrían de acompañar su entierro. Genio y figura hasta el final, Quevedo respondió “la música páguela quien la oyere”, pues él no habría de escucharla.
A poco de ser enterrado, el 8 de septiembre de 1645, un caballero profanó su tumba para quedarse con las espuelas de oro con las que había sido enterrado. Dicen que el caballero murió por justo castigo debido a tal atrevimiento. A veces eso de la justicia poética se da en los poetas muertos.
Los restos de Quevedo fueron identificados en 2009 en la cripta de Santo Tomás en la parroquia de Villanueva de los Infantes. Así se cumplía uno de los muchos poemas que dedicaría a su propia muerte:
Serán cenizas, más tendrá sentido
Polvo serán, mas polvo enamorado.

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