Como ganado en pie. Tribulaciones de usuarios del transporte público de pasajeros.

por | Sep 6, 2021

No sé si hice bien, en tomarme unos días (unos cuantos) para apaciguarme un poco y sentarme a escribir sobre las vicisitudes que padecen/padecemos los pasajeros de colectivos urbanos. Y, según deduzco por lo que leo, escucho, observo, también de los interurbanos. Todo indica que quienes viven en la famosa cintura cósmica de Córdoba City la pasan incluso peor. Lo cual explica la insistencia en la no presencialidad laboral por parte de los gremios estatales: el “zoom” les permite ahorrarse tiempo, transporte y disgustos. No importa que no haya conexión o sea muy dispar o dispersa. Después de todo, el problema educativo, social, previsional, lo que sea, “no es culpa” de ellos. Así es todo, en el país del Gran Bonetón.

Bueno, no sería yo si no me hubiera ido por las ramas. Debo descender (o ascender, si le hacemos caso a Darwin) de un mono “tatatí”, como se obstinaba en decir un paisano santafesino. Volvamos a la parada del colectivo. Si de algo hemos estado orgullosos, en esta zona sur, es de la frecuencia de la línea 32. Hasta que llegó la pandemia. Algo pasó, que el 32 ya no es lo que era … aunque, crucemos fuerte los dedos, está queriendo mejorar. Hasta fines de julio, principios de agosto, ir en ómnibus al centro era una experiencia casi inclasificable, propia de una sociedad, un mundo completamente alienado donde el que tiene o puede ignora olímpicamente al que no tiene ni puede. Ésto, con la total complicidad de los medios. Uno de esos viajes coincidió con el aumento del boleto … no podía creer lo que me decía la maquinita, ¡acababa de pagar 49 pesos con 55 centavos, es decir 50 pesos, por ir hasta la Casa Radical! Claro, si se lo compara con el precio del taxi, es una ganga, pero no si se piensa que el transporte es un servicio esencial y subsidiado por el Estado.

No sólo que ir y venir al centro sale la friolera de cien pesos, como me dijo una mujercita en la cola de regreso, sino que viajamos literalmente como ganado en pie. Menos yo, por supuesto, ya que inmediatamente me dan el asiento. Siempre digo que sería bueno obligar a todo político, periodista, oenegeista, docente universitario y similares, a que viaje en ómnibus por lo menos cada tanto. Así van a saber cómo vive y padece “el pueblo” (ese, que ni sueña con dejar de laburar en vivo y directo, ni con quedarse en casa y comunicarse por “zoom”) y lo fantástico que es nuestro pueblo. En el transporte público se percibe una solidaridad y una educación que ya querrían tener otros pueblos del mundo. Algo he viajado, en mi vida, y lo puedo asegurar.

Mientras todavía imperaban las restricciones, y los medios te ponían los pelos de punta con la “nueva variante” del Covid, los pasajeros nos hacinábamos en doble fila y rogando que el ómnibus pudiera llegar hasta el Patio Olmos. (Eso sí, todos con barbijo). Pero, salvo gloriosas excepciones, el 32 seguía y sigue su curso por la Chacabuco y de ahí a Maipú, porque la zona del Olmos está invariablemente cerrrada desde casi DIEZ CUADRAS a la redonda por la manifestación de turno. Esto sí que es increíble. Y no tiene arreglo. El boleto puede costar cincuenta pesos, la Municipalidad puede seguir sin explicar para qué privatiza servicios si lo mismo van a ser caros e insuficientes y los usuarios que pretenden volver a sus casas se van a tener que clavar porque el tránsito está cortado y vaya uno a saber por dónde pasan los ómnibus. Pero nadie manifiesta por eso. Estamos resignados, o demasiado preocupados en cómo vamos a hacer para sobrevivir al día de mañana.

Esa “grieta” es tan dura como palpable en la calle, en el colectivo: el que si no labura no come, y el que igual le depositan el sueldo o jubilación, por poco o mucho que sea. Al primero es muy fácil verlo y reconocerlo por la mirada fija y ausente, deambulando por la V Sársfield / Gral Paz para encontrar un colectivo. Algunos van solos, otros acompañados por viejos o niños de corta edad. Es la famosa “mayoría invisible”, esa que duele hasta lo más profundo y contrasta con el obsceno aluvión de listas y candidatos (¡algunos no tienen empacho en decir que después de las elecciones se van a volver abrazar! ¡cómo se nota que el problema no es “político”, sino de acceso a puestos y empleos!) . Me permito augurar una alta inasistencia, en las próximas elecciones. La culpa no la tiene la democracia, la culpa la tiene haber permitido que la política se convierta en una agencia de colocaciones.

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