24 de agosto de 1899

por | Sep 10, 2021

Me parece oportuno y en extremo agradable compartir con los lectores de La Prensa algunos de sus recuerdos primigenios. (1)­

TUCUMÁN, ENTRE ESMERALDA Y SUIPACHA

Nací el día 24 de agosto del año 1899. Esto me agrada porque me gusta mucho el siglo XIX; aunque podríamos usar como argumento en contra del siglo XIX el hecho de haber producido el siglo XX, que me parece algo menos admirable. Nací en la calle Tucumán, entre Esmeralda y Suipacha, y sé que todas las casas de la cuadra eran bajas, menos el almacén, que era una casa de altos, y todas las casas estaban construidas de un modo correspondiente a la Sociedad Argentina de Escritores, (2) salvo que la casa en que yo nací era mucho más modesta. Es decir, había dos ventanas de fierro, una puerta de calle con un llamador con un anillo, luego el zaguán, después la puerta cancel, luego las habitaciones, el patio lateral y el aljibe. Y en el fondo del aljibe -esto lo supe mucho después- había una tortuga para purificar el agua. De modo que mis abuelos, mis padres y yo hemos bebido agua de tortuga durante años y no nos ha hecho ningún mal: actualmente nos daría asco pensar que bebemos agua de tortuga. Mi madre recuerda haber oído, siendo chica -fuera de los balazos de la Revolución del 90-, un balazo excepcional: mi abuelo salió y dijo que acababan de asesinar, a la vuelta de casa, al general Ricardo López Jordán. Algunos dicen que el asesino lo provocó y lo mató, pagado por la familia de Urquiza. Creo que esto es falso. Realmente, López Jordán había hecho matar al padre de este hombre, de modo que éste buscó un altercado con López Jordán, lo mató de un balazo, huyó por la calle Tucumán y lo apresaron cuando ya estaba en la calle Florida.

* LA ANTIGUA BUENOS AIRES

(…) La ciudad antes terminaba en la calle Centro América -es decir, Pueyrredón-. Esto lo recuerda mi madre. Pero mi madre ha cumplido noventa y cinco años. Ya después había huecos, quintas, hornos de ladrillos, una gran laguna, rancheríos, gente que andaba a caballo, orilleros. Pero, cuando yo era chico, nos mudamos al barrio de Palermo, que era un extremo de la ciudad, y entonces la construcción concluía exactamente en el puente del Pacífico, en el arroyo Maldonado, donde está la confitería de La Paloma todavía, creo (…); ahí había certámenes de truco. Y, luego, ya la edificación cesaba y volvía a empezar en Belgrano, digamos que por Federico Lacroze, supongo. Pero en todo ese espacio había muchos huecos. El arroyo Maldonado parece que por cualquier parte -en Palermo, o en Villa Crespo, o en los fondos de Flores- creaba barrios malos, barrios de prostíbulos, de malevaje.­

(1) Textos extraídos de mi libro `Siete conversaciones con Jorge Luis Borges’, Buenos Aires, Editorial Losada, 2007, págs. 17-19.­

(2) Borges se refiere a la antigua sede de la SADE, ubicada en la calle México n.º 524.­

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